viernes, 7 de octubre de 2016

El enemigo interior - Parte I


Cualquiera podría pensar que es un hombre cualquiera, un hombre de bien. Cualquiera podría pensar que es tan solo un engranaje más del Imperio, un fiel siervo del Trono.

Solo la atenta mirada de un inquisidor permite vislumbrar en esos ojos el destello del Caos rugiendo en el fondo de su alma impura. Y ver que los besos que da a su mujer, y a su hijo, no son más que el reflejo de un alma torturada en las tormentas de la Disformidad.

Solo el Emperador puede saber qué oculta el traidor, qué oculta esa mente corrupta, qué le empuja a levantarse cada día e ir a trabajar al Administratum. Aún no es poderoso, pero se dice de él que es un joven inteligente y curioso: lo que no es sino un signo más de su herejía. Aún lleva togas de un gris oscuro, pero ya se alza en un cargo muy superior al que le legó su padre. No parece buscar el poder, pero lo encuentra; no parece buscar el control, pero lo halla. Se encuentra tocado por algún dios oscuro, sin duda, aun incluso si él no lo sabe…

Algunos adeptos de su departamento han alzado sus preocupaciones sobre este traidor, llamado Kantum Ploat. Esos adeptos serán interrogados, pues los poderes ruinosos son abyectos y traicioneros, y aun ellos mismos podrían estar bajo el influjo de otra oscura deidad.

Hay que aproximarse a él, estudiarlo, interrogarlo... Para después purgarlo.

Ha sido sin duda por el Trono que he llegado a él antes de que cumpliera sus planes. Este sector debe ser vigilado, hace mucho que ningún pastor cuida del rebaño del Emperador en estos sistemas. Y es por eso que los lobos campan a sus anchas a la espera del festín. Pero la luz del Emperador me dará fuerzas para acabar con Sus enemigos y cuidar a Sus indefensos hijos. Pues eso es lo que Él quiere.

Ahora duerme tranquilo en su cama, recostado junto a su mujer –también impura ya, por su presencia–, mientras el fruto corrupto de los dos se halla en la misma casa, dormido. Pero esa tranquilidad es engañosa; pues el juicio es inminente y el veredicto, claro:

Herejía.


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Kantum Ploat esa noche se despertó alterado. Envuelto en sudor, y aún con miedo, miró a su mujer, la cual se recostaba apenas vestida junto a él, tranquila. Bebió un poco de agua, la besó con un profundo amor, y se acostó de nuevo.

Esa noche había tenido una pesadilla, una pesadilla llena de horrores y un inmenso océano ante sus ojos que era a la vez de todos los colores.

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